Enredaderas púrpura y humo



Yo asumo la brecha entre mis manos y tus ojos,

descuento la lejanía que me secuestra las almohadas
y me busco la soledad entre los dedos y sus marcas.

Un sigilo me viene de madruga cuando desentonan mis sueños
y quedo retenida en la bruma de las horas que se apagan en las pupilas lejanas,
que cierran mis sueños y me exilian al desamparo de una cama fría y deshabitada.

No soy la sombra tras tus huellas que, en suspiros maníacos,
sigue esa línea zigzagueante que es el recuerdo de ese pasado siempre presente
que me brinca entre anhelos desilusionados cuando llamo a tu ventana.

La orilla de la habitación termina en tus ojos
y más allá de ese salto a la nada quedo sumida en erráticos pensamientos
todos bordados por manos ciegas que se contraen al repetir tu sonrisa.

Es aquí la bastedad de un segundo que ya no es cuando lo miro de frente,
donde se juntan las esquinas asfixiadas que no pasan por tu cuerpo,
y ¿qué más había, sino esta sed eterna de llantos que no se consuman?

Voces, vienen y se van siempre, como miles de luciérnagas equivocadas,
esos gritos que se estrellan en la pared muda de enredaderas púrpura y humo,
que se roba la sinfonía de las risas que, entre ironías, destilan oscuras lágrimas.

Me acuso de infame, de alargar mis protestas hasta más allá de mis fuerzas,
de detenerme al filo de ese error sin vuelta de hoja al que nunca tuve derecho,
de mirar los espacios vacíos con ternura de hoja marchita sobre palmas cerradas.

Dejo las visiones disecándose entre tus labios
para robarle al sollozo su último gesto desgastado del marco de mis cielos apagados,
vago entre las prisas del tumulto amorfo que camina en este mar urbano de olas indecisas.