Psicosis putrefacta urbana



A veces, cuando la ciudad me amenaza con sus fauces rencorosas, quisiera padecer sordera crónica, esas calles que se tratan de reinventar a sí mismas cada hora, que se frotan las manos buscando víctimas para hacerlas tropezar. Los movimientos zigzagueantes de olas humanas que corren a toda prisa desafiando el ritmo de los relojes, que buscan y buscan huellas y no hallan nunca, siquiera, un rostro. Los puntos muertos dejan de ser cimiento de esta tristeza antagónica al borde de mis ojos, y se convierten en la excusa de otra no razón que habita este pálpito torpe que me sobreviene en la misma esquina siempre.

A veces, el trayecto de vuelta no es acogedor, se torna gris, pesado, denso, poblado de cuchillos en las ventanas, con rostros agrietados asomados a los balcones, manos que tejen historias equivocadas, cansadas, apagadas, insalubres. Vacilar un segundo antes del asesinato colectivo, dejarse absorber por el moho ennegrecido de los recovecos de los edificios sulfuros que se levantan sin gloria sobre la mirada. Sostener el peso de un abismo que se yergue como si tuviera la fuerza de los años postergados en un nunca, tan voraz que emancipa las ideas de una sonrisa real. El desquicio de las angustias como estatuas deprimidas con los brazos en alto y la mirada caída.

A veces, los nubarrones que bajan hasta mis suelas, me contagian de esa lástima citadina que remueve el herrumbre de las botas de los caídos, tantos himnos perpetrando la avaricia de las manos secas, malolientes de la nada descifrada en los rostros de los incrédulos y rapaces con vocación de viaducto hacia ningún lado, escaramuzas lamentables e irrisorias de los párvulos soñadores de miserias ajenas. Las brasas incandescentes de los ojos vacíos con los que chocamos con la convicción de un suicida en la cornisa, son de pronto el refugio perfecto para el rencor desdeñado y las intensiones más escalofriantes y patéticas.

A veces, como si la vida llevara ritmo de sepulturero, nos movemos entre estañones de angustias y paisajes blanco y negro que nos hacen vernos amarillas las caras en los reflejos de los vidrios empañados. La vida misma con movimiento de alcantarilla, se va cuesta abajo por entre los adoquines que se levantan y buscan tu frente. Todo intento de huida es vano tormento, una fuerza vertical que te aplasta las ganas y te reduce a la miseria de un cuerpo visceral y óseo, con dermis de cadáver expuesto. Basta entonces con caer al suelo, respirar y aceptar la nueva condición de materia putrefacta, que se descompone al unísono con la ciudad.