Sombra Vagabunda

Salió impulsada, más por el sentimiento de morir aplastada por las paredes blancas, que por genuino interés. No tardó mucho en estar lista... los zapatos de siempre... de siempre cuando llueve. Se enfundó en un impermeable gris, como para disimularse en el ambiente, y una bufanda a rayas... larga... pesada.

El viaje era corto, 30 minutos en autobús, y estaría en medio de la ciudad. Una ciudad aún más triste que el cielo... decaída; que llora azufre en las esquinas, que apesta a pollo frito, que muere de hambre por las tardes.

Cuando llegó, llovía con tanta pena el cielo, que de inmediato sintió el deseo de devolverse, pero sabía que eso le rompería el alma y las piernas. Así que caminó... lento... haciendo una pausa antes de que el tacón de sus botas tocasen el suelo. Iba en medio de la gente que corría, que chocaba, se disculpaba y volvía a chocar.

Hacía frío.... pero apenas lo percibía, ya había pasado noches aún más frías, caminó con la certeza de no hallar lo que había salido a buscar: calma. Calma disfrazada de bolso, de blusa, de pantalón, de sombrero nuevo. Caminó la avenida atestada de gente sin rostro, sin manos... acaso piernas largas y agitadas. Caminó sin ánimo ni prisa para retornar.

Llovía... y la ciudad era un laberinto colorido de paraguas afilados... trataba sin éxito de escabullirse entre ellos, pero a cada paso... una punta de un paraguas ajeno clavado contra el suyo, contra su brazo, contra su espalda... casi contra el ojo. Cerró el que llevaba en la mano, para hacer su andar un poco menos torpe... ahora llovía el cielo sobre ella, en exclusivo...

Todas las gotas convergían en los rizos de su largo cabello. Eso tampoco importaba. No importaba el bolso que no iba a encontrar, ni la blusa que no se quiso probar, ni el pantalón que no le ajustó bien.

Luego caminó sin rumbo unas cuantas cuadras más, dejó de percibir la gente a su alrededor, ahora eran sólo ella y la ciudad enana que le mostraba los dientes. Dio vueltas varias veces, en varias cuadras, tratando de huir de esa mueca que le hacían las gotas de lluvia en los charcos. En vano...

Llegó sin notarlo a la librería de siempre... mecánicamente sus pasos le llevaron frente a la pequeña puerta de madera... Era un buen lugar para dejar atrás la lluvia. Entró en silencio.. saludó con dos besos a los chicos que la atienden... se coló entre las páginas amarillentas de los libros, tal vez buscando un poco de calor, tal vez tratando de disuadir a la lluvia para que no la hiciera llorar más... tal vez para ser sorprendida por alguna historia... tal vez...

Se sentó sonriente en la butaca frente al escritorio, hablaron un poco de Hegel, de Heidegger, de Chejov, del romanticismo en la poesía latinoamericana... reía coquetamente con los chicos... como siempre. Una taza de café y un buñuelo para recuperar el calor...

Nadie sabe cuántas horas se resguardó entre esas paredes tibias que un día, no se puede precisar cuándo, ni porqué, la acogieron con calor de hogar, con olor a abrazo interminable...

Juntó su bolso del suelo, se volvió a arropar, nuevos besos de despedida, los pasos hacia la puerta, y la sonrisa al bolsillo trasero de su pantalón... Iba de nuevo como autómata hacia la estación del autobús... le dio al conductor el coste del pasaje, y ocupó el primer asiento vacío que encontró, sacó su libro y se sumergió entre las letras...

Creía que todo iba bien, que esa batalla había sido ganada semanas atrás, hasta que... del fondo de sus ojos cayeron densas lágrimas mientras repetía murmurando "estoy perdida sin ti"

(A mis compañeros... esas otras sombras vagabundas... les ofrezco mis disculpas por tomar el nombre de nuestro refugio común... pero a veces... sólo a veces... se hace necesario este tipo de asalto a mano alzada... ya ustedes sabrán)