Atemporalismos

















Al fondo de la habitación vacía
se desangraba por una grieta
el viejo reloj de péndulo.

Los segundos se resbalaban silenciosos
atraídos por el fondo de la nada.

Vestido con rigor mortis
el tiempo miraba incrédulo
las paredes contraídas.

La mueca cotidiana del cristal
se hacía grande...

Bastedad, horizontes...

Columnas de humo crepitando.

Se erguían las ruinas
sobre las manos secas
de aquellas figuras
que danzaban al ritmo del silencio.

Un estruendo, entonces,
un grito que cortaba el aliento.

Recorrieron los gestos
los suburbios de mi mente,
arrastrándome al rincón
donde duermen las auroras.

El pulso se desvanecía lento,
me abandonaba allí:
en la parálisis del frío.

Las notas de aquella voz
desataron los temblores,
se apoderaron de mi soledad.

Indignados los recuerdos
se marcharon con su eco
¿podría, la eternidad,
plasmarse en un beso?